Exposiciones realizadas

Exposición fotográfica
Estancia Jesuítica “Santa Catalina”,
patrimonio de la humanidad

10 de septiembre al 11 de octubre de 2002
Exhibición en la sala Moores
Acompañan a la muestra documentos, monedas y mapas del siglo XVIII y XIX del Archivo del Museo Mitre.


“Llenos están nuestro anales de grandes caracteres históricos, de guerreros famosos, de estadístas de primer orden, de poetas inspirados, en una palabra, de hombres de pensamiento y de hombres de acción, que se han inmortalizado o por sus hechos o por sus ideas, o por sus virtudes.
La gloria de esos hombres es la más rica herencia del pueblo argentino, y salvar del olvido su vida y sus facciones, es recoger y utilizar esa herencia, en nuestro honor y en nuestro provecho. En esas vidas encontrará la generación actual modelos dignos de imitarse. En los sucesos memorables que ellas recuerden, encontrará el historiador futuro temas dignos de sus meditaciones austeras. En sus nobles fisonomías buscará algún día el pincel y el buril del artista, tipos dignos de inmortalizarse en lienzos, mármoles o en bronces [...]
Entre los conquistadores por la palabra evangélica, el P. Antonio Ruiz de Montoya es el Bartolomé de las Casas del Río de la Plata, y San Francisco Solano es una figura imponente que atraviesa nuestra historia como un apóstol de la verdad. [...]
Entre los hombre de letras [...] los padres Quiroga, Cardiel, Guevara y Falkner últimos destellos de la literatura jesuítica en estas regiones...”

De: Bartolomé Mitre. Biografía del General Belgrano.

Aproximación a las misiones jesuíticas y breve historia de Santa Catalina

La Orden de la Compañía de Jesús se establece en nuestro país en el año del Señor de 1585, dentro de lo en que ese momento se llamó la provincia Jesuítica de Paraguay. Fundaron misiones y colegios, los cuales no sólo obedecían a fines pastorales, sino que el trabajo de las misiones jesuíticas más conocido del nuevo mundo fue la fundación de las reducciones, siendo las más famosas las de Paraguay. Eran comunidades de indígenas gobernadas por los mismos sacerdotes jesuitas, los que se caracterizaron por su sistema de enseñanza y por ser líderes comunitarios. Durante casi 200 años los jesuitas dirigieron un enorme grupo de indígenaslogrando fundar 32 poblados con una población de aproximadamente 160.000 personas. Enseñaban métodos agrícolas siguiendo las tradiciones autóctonas, artes mecánicas y favorecían el desarrollo del comercio.

En 1608 la Compañía de Jesús logra crear en Córdoba un centro misional llamado también noviciado. Uno de los propósitos del mismo era poder reclutar soldados para la causa de Cristo, ya que en Europa era notoria la merma de integrantes a la Orden. Pasados dos años, en 1610, fundaron el llamado Colegio Máximo, el cual fue sin dudas el inicio para la creación de la primera universidad. Cada establecimiento se trataba en sí mismo de un micro complejo totalmente autosuficiente capaz de autoabastecerse trabajando las tierras y al ganado, como también los molinos. El prestigio de los jesuitas crecía, lo cual motivó que muchos de los hijos de españoles vinieran a estudiar y a formarse en humanidades en los colegios de la Compañía de Jesús.

Promediando el siglo XVII , la Compañía era dueña de Santa Catalina, Jesús María y Alta Gracia. En las mismas funcionaban talleres, depósitos, habitáculos para indígenas y todo tipo de obra de ingeniería: canales, acequias, etc. Se caracterizaron también por ser excelentes administradores y se los consideró como paradigmas del progreso regional.

Tocante a la Estancia de Santa Catalina, los terrenos dónde se emplazó este complejo le pertenecían originalmente a don Miguel de Ardiles, quién acompañó a don Jerónimo Luis de Cabrera cuando fundó la ciudad Córdoba. A la muerte de Ardiles, las pasan como heredad a su hijo, Miguel de Ardiles el Mozo, las tierras fueron vendidas entonces a Luis Frassón, herrero de profesión, quien también fue en su momento integrante de la expedición de Cabrera. Finalmente la Compañía de Jesús compró las tierras el 1º de agosto de 1622.

Las fechas precisas sobre el emplazamiento de la Casa de Ejercicios Espirituales y la Iglesia son desconocidos, sin embargo no sería errado afirmar que la construcción de las mismas tuvo lugar en fechas distintas extendiéndose por el período de un siglo.

Arquitectura: La obra de Antonio Harls

La arquitectura de la Estancia Jesuítica de Santa Catalina en la provincia de Córdoba fue alcanzada por la fuerte revalorización artistico arquitectónico del periodo colonial que se produjo en las primeras decadas del siglo XX. En clara contraposición con el ansia modernizadora de las últimas decadas del siglo XX que había desacreditado toda reminiscencia colonial lo cual produjo, en muchos ámbitos, un borrado prolijo sus huellas materiales. El cosmopolitismo resultante de las grandes migraciones hizo temer, a un relevante circulo intelectual, por la progresiva dilusión de nuestra identidad, lo cual propició una búsqueda sitemática de documentación  que permitiese recuperar las raices más lejanas en el tiempo.
En este sentido una obra pionera para la Estancia jesuítica de Santa Catalina fue la de Juan Kronfus[1] quien se propuso relevar y dibujar el patrimonio colonial de nuestro país. Todavía prodominaba un halo de misterio que cubría todo un patrimonio que permanecería “invisible”. En esta primera etapa de recuperación había que superar los mitos: “En Córdoba nos encontramos con las misma leyendas de misteriosas catacumbas, con huesos y con calaveras humanas. Entremos en su estudio. Se habla de una galería subterránea que  existiría entre Santa Catalina cerca de Jesús María, y la ciudad de Córdoba y además de comunicaciones subterráneas entre Alta Gracia y Córdoba. Levanté los planos de Alta Gracia y de todo el convento de Santa Catalina con el permiso más amplio. Estudié todo lo que estaba a mi alcance sin encontrar el más pequeño rastro de un subterráneo. Y pensando que cualquiera de esos túneles, para llegar a Córdoba hubera tenido que pasar por debajo de uno, y hasta de dos arroyos y que se tendría que vencer alturas y llanuras en las cuales el agua hubiera inundado y derrumbado todo lo hecho, tenemos que reconocer que su ejecución para aquella época, era técnicante imposible” (p. 44).

Un relevamiento completo que avanzó mucho en los aspectos técnicos[2] pero que todavía asimilaba el sistema de estancias a las reducciones.

“En el siglo XVIII, al que pertenencen la mayoría de las reducciones – la colonización progresó notablemente; y en el territorio de las reducciones no se trataba ya de civilizar al indio, sino a sus descendientes y a las familias criollas de las que el indio era enemigo tenaz, y combatía tanto, cuando exigía su instinto destructor y sanguinario. Para estudiar una, al menos, de estas colonias, cuyo trabajo y progresos estaban en manos del misionero jesuíta, conviene tomar una de las que mejor conservan, tal como el convento de Santa Catalina, en la Provincia de Córdoba; el que, a pesar  de su parte ruinosa, presenta mucho reconstruible, pudiéndose con facilidad descubrir la idea dominante y establecer entre ella y la obra, la relación que ayuda al concepto general. De esta construcción he levantado planos exactos, que sirven de base a mis declaraciones, como los datos recogidos sirvieron para formar mi criterio sobre esta obras” (Kronfus, p. 162).

Propuesta que fue acompañada coetaneamente por Martín Noel[3], quien reinserta la producción colonial de nuestro pais en un contexto mayor para identificar asi las posibles filiaciones presentes en el mismo.

“De las fundaciones, damos nuestra preferencia al convento de Santa Catalina; nos seduce desde su frente en el que las líneas de nuestro barroco se someten al ritmo porfiado propio a las enseñanzas guipuzcuoanas de San Ignacio de Loyola, con la tapia y puerta barroca morisca del Cementerio, hasta su retablo, similar al de la capilla doméstica de la compañía, y sus detalles ornamentales, como ser los paneles de la puerta de la sacristía, en los que la destreza del tallista parece haberse deleitado en imitar maliciosamente las puntas de diamante, los acartonados rosetones y las estrellas, del rudo arte vascongado, de aquella entraña de tierra en que los magos y piratas del océano, se complacían en grabar toscamente en sus objetos familiares los signos cabalísticos del Cosmos” (Noel, pp. 119/122)

Más de 20 años de profundos relevamientos en trabajos de campo, investigaciones de archivo y producción de un discurso historiográfico que hicieran comprensible su evolución, fueron necesarios para instalar “lo colonial” en el imaginario social, cubriendose incluso el Faltan te material con el revival estilístico del “neo-colonial”.

Mario J. Buschiazzo [4] pudo avanzar en la comprensión de cada estancia en el marco de un sistema productivo mayor dando a conocer la verdadera complejidad de la propuesta jesuítica: “No poseo datos acerca de los adelantos de la estancia en sus primeros año pero cabes suponer que fueron muy grandes, puesto que en 1656 acometieron la formidable empresa de traer el agua por conductos subterráneos de piedra, desde las lejanas sierras de Ongamira hasta el tajamar junto al edificio” (Buschiazzo, p. 9).


Así también puedo establecer que las obras de Santa Catalina correspondían al aquitecto Antonio Harls, tal como después lo reseño el Diccionario de Udaondo[5]: “Arquitecto y coadjutor. Había nacido el 17 de marzo de 1725 en Tegernsee, baviera y siguió la carrera universitaria hasta recibirse de arquitecto. Terminados sus estudios fue llamado a la eclesiática e ingresó como Hermano coadjutor en la Compañia de Jesus, en 1748. En dicho año, figura su nombre entre los jesuíticas, que formaban parte  de la misión que vino a estas regiones presidida por el P. Ladislao Orósz, destinándosele a la provincia del Paraguay. Desde ese punto pasó a Córdoba del Tucumán, llamdodo posiblemente para dirigir la obra d ella iglesia y convento de Santa Catalina, pues su construcción se supone se inició por el año 1750...” Presente en el momento mismo de la Expulsión de los Jesuitas, posteriormente se pierde su rastro.

La crónica: Padre José Guevara

La obra de los jesuitas y las crónicas forjadas en su seno, sufriendo sucesivas reconsideraciones. Con Pedro de Angelis se instaló una interpretación que tardó mucho tiempo en poder discurtirse. Recién en 1882, Andrés Lamas reivindica la figura del Padre José Guevara[6] quien había sido presentado como una mala copia de la formidable obra de su antecesor en el cargo de cronista, el Padre Lozano.
También en este caso tuvieron que pasar unos veinte años para que este residente de la Estancia de Santa Catalina lograra su definitivo reconocimiento con la monografía que le dedicó Paul Groussac[7]. Tal como figura en el ya citado diccionario de Udaondo:

Guevara, José: sacerdote, educador e historiador. Nació el 14 de marzo de 1719 en la villa de Recas, provincia y arzobispado de Toledo, de cuya capital quedan algunas leguas al norte. Movido por su vocación, ingresó al noviciado de la Compañía de Jesús, el 31 de Diciembre de 1732. Antes de cumplir el año – y siendo todavía novicio- pidió ser agregado al grupo de jesuíticas que el P. Machoni estaba alistando en Sevilla con destino al Paraguay. Zarparon de Cádiz el 13 de diciembre de 1733 arribando a Buenos Aires el 25 de abril de 1734. [...] En 1734, era ya sacerdote, figurando como maestro de gramática del colegio de Córdoba. [...] El 30 de agosto de 1752 hizo la profesión solemne de cuatro votos, teneidno entonces 33 años. En ese mismo año, por fallecimiento del P.  Lozano, fue nombrado cronista de la provincia de Paraguay. El P. Guevara recorrió en varios viajes buena parte del inmenso territorio del futuro virreinato del Río de la Plata. [...] Los últimos diez años de su permanecia en América, estancia de la Procuradoría, situada a unas doce leguas al norte de Córdoba, al pie de la sierra Chica. Su principal ocupación fue allí la composición de la “Historia del Paraguay”. [...] El P. Guevara falleció a los 87 años, el 25 de febrero de 1806 siendo canónigo de Spello”.

La música: Domingo Zipoli

El caso del afamado música Domingo Zipoli, cuya obra fue reseñada por el Padre Lozano que lo conoció y admiró personalmente y posteriormente definitivamente consolidadda por Guillermo Furlong.
Según el Padre Lozano: “Era peritísimo en la música como lo demuestra un pequeño libro que dío a luz. Había sido maestro de la capilla de la Casa Prefesa de Roma y precisamente cuando podían esperarse de él cosas mayores, lo sacrificó todo por la salvación de los indios y se embarcó para el Paraguay. Dio gran solemnidad a las fiestas religiosas mediante la música, cono no pequeño placer así de los españoles como de los indígenes. Enormes eras las multitudes de gentes que iban a nuestra iglesia con el deseo de oírlo tocar tan bellamente”

Domingo Zipoli: “Misionero y músico. Nació en Prato de la Toscana, el 15 de octubre del año 1688 y cuando solamente contaba ocho de edad, lo llevaron a Roma. Dotado de condiciones excepcionales para la música, se dedicó a ella, arte en el cual logró sobresalir ampliamente llegando a ser uno de los más grandes organista de todos los tiempos. Durante los tres primeros lustros del siglo XVIII, es Zipoli uno de los propulsores más geniales de la música romana, culminando en el año 1716 como la publicación de las “Sonatas para el órgano y el címbalo”[...] ... en el mes de junio de 1717, el P. Zipoli, que para ese tiempo había ingresado a la compañía de Jesús, arribó a las costas del Río de la Plata, y de esta ciudad pasó el mestro italiano a la de Córdoba con el fin de finalizar allí sus estudios eclesiásticos. Falleció, en la ciudad de Córdoba, el 2 de enero de 1726.”

Referencias bibliográficas

1. Kronfus, Juan. Arquitectura colonial en la Argentina. Córdoba: A. Biffignandi, ca.1920.
2. “Las rejas se hacían de madera, siendo todos los fierros posteriores a la época colonial. En el convento de Santa Catalina hay aún rejas de madera. El fierro fue importado más tarde en barrotes de sección cuadrada” (Kronfus, p. 67).
3. Noel, Martín S. Contribución a la historia de arquitectura hispanoamericana. Buenos Aires: Peuser, 1921.
4. La estancia jesuítica de Santa Catalina. Buenos Aires: Academia Nacional de Bellas Artes, 1940 (Documentos de arte argentino).
5. Udaondo, Enrique. Diccionario biográfico colonial argentino. Buenos Aires: Institución Mitre, 1945, p. 433-434.
6. Lamas, Andrés (dir.). Colección de obras, documentos y noticias inéditas o poco conocidas para servir a la historia física, política y literaria del Río de la Plata. Buenos Aires: Ostwald, 1882 (Biblioteca del Río de la Plata).
7. Groussac, Paul. Estudios de historia argentina. Buenos Aires: Jesús Menéndez, 1918.

 

Exposición

Medallas coloniales de la jura real de Carlos III (1760/1761)

ANVERSO

1. Proclamación de Carlos III de España en Buenos Aires, Argentina. Medalla circular plata mm 34. Nº Reg 1140 / Nº Med 258
2. Proclamación de Carlos III de España por el Obispo y Cabildo Eclesiástico de Guadalajara, Méjico, 1760. Medalla circular cobre mm 38. Nº Reg 2007 / Nº Med 259
3. Proclamación de Carlos III de España en Méjico, 1760. Medalla circular plata mm35 Nº Reg 2010 / Nº Med 136

REVERSO

  • Buenos Aires, 1760
  • Guadalajara, 1760
  • Méjico, 1760
  • Pachuca y Real del Monte, 1761

Descripción y contexto histórico relativo a las medallas

Las cuatro piezas fueron emitidas con el fin de representar la proclamación y jura del monarca Carlos III (1760), el cual firmó el acta de expulsión de los jesuitas en 1767. Las medallas son contemporáneas al último período de actividad de la compañía de Jesús.

1) Proclamación de Carlos III de España. Buenos Aires, Argentina. Emisión: 1760. Material: Plata

2) Proclamación de Carlos III de España Por el Obispo y Cabildo Eclesiásticos de Guadalajar, Méjico. Emisión: 1760. Material: Cobre

3) Proclamación de Carlos III de España por el Arzobispado de Méjico. Emisión: 1760. Material: Cobre

4) Jura Real de Carlos III de España en Pachuca y Real del Monte, Méjico. Emitida: 1761. Material: Plata

El rey, las medallas y la expulsión

Cuando fue sorprendida por la expulsión de la Orden – decretada por Carlos III en 1767 -  la estancia se encontraba en pleno auge y funcionamiento. Encargóse de su administración la Junta de Temporalidades, hasta que en octubre de 1774 fue vendida a Don Francisco Antonio Díaz, Alcalde Ordinario de primer voto de la ciudad de Córdoba, el cual se comprometió a mantener la Iglesia. Sus descendientes, en cuyo poder se encuentra hoy la estancia, han mantenido con celoso orgullo la tradición.

 

 

Fundado el 3 de junio de 1907

Secretaría de Cultura de la Nación
Museo Mitre
San Martín 336
1004 Buenos Aires
Tel./fax: 54 11 4394-8240/7659

Diseño: Ediciones Científicas Argentinas