Conferencias

¿Hay una lectura real del pasado?
La historia como tarea

por
Santiago Kovadloff

El valor fundamental de los símbolos no radica solamente en su existencia sino en el hecho de que se encarnen y que otorguen la posibilidad de ser frecuentados como un referente de su propia identidad. Esta casa puede remitir al pasado o al futuro, dependiendo de quien la habite, de quien la frecuente o de quien la ocupe. Personalmente creo que esta casa más bien remite al futuro; porque fundamentalmente nos recuerda una tarea que mientras esté viva estará siempre pendiente: la de afianzar el sentido de la vida republicana en el país. Quien dé por cumplida esa tarea da por liquidada la identidad de lo que tiene de fundamental y lo que la identidad tiene de fundamental es la de vivir gerundialmente en un  siendo perpetuo. El día que es de una vez por todas está perdida.
Creo que la celebración más rica que podemos hacer en este nuevo aniversario del nacimiento de Bartolomé Mitre es preguntarnos si sigue siendo o no nuestro interlocutor. No se trata de honrarlo a través de una evocación retórica. No creo que él hubiese estado de acuerdo con ello; pero preguntarnos si es nuestro interlocutor significa saber si los problemas que él planteó, las perspectivas que aportó y la concepción que tuvo del país sigue interrogándonos o no.

En la Argentina vivimos hoy un momento sumamente difícil en la que la concepción del pasado está en las antípodas de la visión que de ese pasado tenía Mitre. La fuerzas dominantes en el marco del oficialismo político quieren repetir el pasado. La repetición del pasado impide que éste se convierta en una tarea interpretativa, es decir que podamos concebirlo como algo con lo que hay que trabajar permanentemente para volver a interrogarlo, para volver a comprenderlo, para volver a enriquecerlo mediante la discusión. Quien repite el pasado aspira a la monotonía del dogma, es decir, una visión cerrada y clausurada de lo que significa la realidad. Personalmente creo que hoy estamos enfrentados a una tendencia dominante en el ejercicio de los poderes públicos que consiste en entender el pasado como lo que debe ser transmitido y no transfigurado. En las antípodas de esta visión podemos alentar la esperanza de que se afiance la idea de que el pasado es fundamentalmente una tarea. Si se trata de una tarea es porque su sentido no está concluido. Y que el sentido del pasado no esté concluido significa que el pasado nos propone permanentemente una deuda y no sólo un logro. La deuda que el pasado propone, creo yo, es de la de entender que la construcción de una república, si es fecunda, no puede terminar.  Darse por logrado en la vida es saber que uno es capaz de renovar su repertorio problemático incesantemente. Quien no puede renovar su repertorio problemático puede tener problemas obsesivos, pero no puede tener problemas interesantes. Hay naciones con problemas interesantes y hay naciones con problemas graves. La Argentina tiene problemas graves pero no tiene problemas interesantes. No tiene problemas interesantes porque los problemas interesantes surgen mediante la resolución de los problemas que han quedado pendientes y que al quedar resueltos abren la evidencia de nuevos problemas que son el fruto de las soluciones que alcanzamos. Las naciones interesantes renuevan permanentemente su repertorio problemático mediante las soluciones que, al ser alcanzadas, evidencian enigmas inéditos. Problemas que uno no sospechaba y que son el fruto de los logros que se alcanzan con relación a los problemas que se tenían pendientes.
Del mismo modo que un hombre no es interesante porque no tenga problemas, un hombre que no tenga problemas es un difunto y lo ignora. Lo que convierte a un hombre en interesante tampoco es el repertorio de problemas que tiene sino el modo de relación que entabla con los problemas. Nadie es demasiado original en su patología como para jactarse de ser un neurótico muy especial, pero se puede tener una relación interesante con los problemas que se comparten con los demás si se los sabe renovar.

Mediante la capitalización del pasado yo creo que la Argentina es un país con un pasado descapitalizado, es decir que no está operando como repertorio de recursos sobre los que se asentien las innovaciones indispensables; por eso digo que no tenemos problemas interesantes aunque tengamos problemas graves.

Pensé en titular a esta charla con una pregunta ¿Hay una lectura del pasado? ¿Una real lectura del pasado? ¿Una lectura suficiente del pasado?
De Herodoto a Tucídides, de Eric Hobsbawm a Phillip Aries, de Sarmiento y Mitre a Halperín Donghi; de los historiadores medievales a los historiadores de la posmodernidad: lo cierto es que el pasado ante todo evidencia un mandato: ser interrogado. La tarea primordial de cada generación es ponerse en relación con el pasado desde las preguntas que le plantea su presente. Los interrogantes de cada generación contribuyen a remodelar el pasado. Un pasado estático implica ausencia de preguntas en la generación que lo interroga.
Uno de los logros fundamentales que le debemos a Mitre es que fue la voz de su generación en el orden histórico en esto de interrogar al pasado. Supo ser un hombre de su tiempo porque desde su tiempo interrogó lo que lo precedía para comprender mejor a su tiempo. No es lo mismo ser coetaño de una época que ser contemporáneo de ella.  La coetaneidad es una fatalidad cronológica: nadie puede jactarse de haber nacido en 1974; esto es fruto de una afortunada fatalidad nocturna. La contemporaneidad es la capacidad que uno tiene de asumir como propios los dilemas de su tiempo. Cuando los problemas de nuestra época se enhebran con los problemas de nuestra vida personal empezamos a cursar la contemporaneidad. Ciertamente la vida privada no es la vida pública, pero entre la vida privada y la vida pública hay una interdependencia formidable y quien pueda reconocerla accede a la contemporaneidad.

Contemporáneos son entonces los espíritus que advierten de qué modo en el orden personal se juega lo colectivo y de qué modo lo colectivo solo puede ser abordado poniendo en juego lo personal. No se paga la representación pública con anonimato personal; por el contrario, se alcanza un alto grado de representación pública cuando la propia vida en el ejercicio del poder público es advertida como aquello que debe ser transformado y transfigurado de conformidad con las investiduras que uno encarna.
Creo yo, entonces, que la historia es una tarea ya que nada es más dinámico que el pasado, nada exige relecturas incesantes tanto como el pasado. Porque la finalidad de todas las generaciones es poder perfilar su modo de concebir lo que lo precede en función de lo que quiere construir, es decir del futuro al que aspira. De este modo se articulan,  entonces --y a mi entender--, el pasado, el presente y el futuro. Al interrogar el pasado en función de los dilemas del presente estamos configurando un porvenir. Si aspiramos a un presente repetitivo no tenemos más que concebir como repetitivo el pasado y entonces tendremos un futuro inamovible, estático, previsible en todo. La monotonía de esta lectura del pasado es característica de los regímenes intolerantes donde impera el totalitarismo, se cierra la posibilidad de preguntar y al cerrarse ésta el pasado queda congelado en esto que yo llamo repetición. Nada amenaza más al porvenir institucional y democrático de la Argentina que la tendencia a lo repetitivo, es decir, esta acción de aferrarse incondicionalmente a lo que ya se sabe sin poder aprender. Sin poder aprender. La ignorancia más honda, creo yo, que amenace a un pueblo es justamente la del desconocimiento del pasado y el desconocimiento del pasado no es desconociendo de lo que pasó, sino que es el desconocimiento de la relación entre lo que pasó y lo que debe ser el presente. El pasado nos brinda recursos para que podamos advertir por dónde debe marchar la construcción del presente para no ser monótona, reiterativa, repetitiva. Cuando esto es desconocido el pasado se prolonga en lo que tiene de estático en el presente. ¿En qué año estamos hoy? ¿En 1973, en 1955, en 1945? ¿En qué año estamos hoy? No es cierto que estemos en 2008, el que así lo crea está distraído. Los dilemas del presente, los desafíos del presente están ausentes de la problemática de aquellos que ejerciendo el poder desconocen el pasado.

¿Cuáles son los grandes dilemas de los que la Argentina está ausente por aferrarse a una visión repetitiva del pasado? El primero de los dilemas fundamentales es la deuda que la Argentina ha contraído con la construcción de una estructura republicana asentada en poderes capaces de supervisarse recíprocamente e impedir la reducción del ejercicio de la responsabilidad pública a un personalismo inclemente. Esa deuda está impaga. Impaga está también la deuda de la integración regional basada en un hondo federalismo: deuda que hemos contraído con el siglo XIX y que sigue impaga.

Impaga está también fundamentalmente la reincorporación de la Argentina al mundo entendido como un escenario que plantea desafíos que no circulan por el país. Se ha denostado el centenario de la Argentina hace poco en boca de las máximas autoridades del país. Se lo desconoce. Ese centenario fue el momento en el cual la Argentina superó en muy buena medida su disgregación, su fragmentación, y dio origen al inédito fenómeno de una clase media formidable asentada en tres pilares: el trabajo, el ahorro y el estudio. Sin embargo, ha sido denostado el centenario y sin embargo, también, nuestra deuda fundamental es con el ahorro, el trabajo y el estudio.

Entonces, ¿frente a qué estamos, diría yo, en el marco en la charla que tenemos hoy? Estamos ante una subestimación de las deudas contraídas con el pasado. Al leerlo esquemáticamente nos desentendemos de los problemas para los que el pasado nos pide solución. No hemos hecho una transición cabal del siglo XX al XXI. ¿Por qué? Porque no hemos cumplido con la satisfacción de las deudas que nos dejó el 19 en el 20. Es así como hoy estamos mucho más cerca del siglo diecinueve que del veintiuno; por la envergadura de los problemas irresueltos que arrastramos. Nos falta contemporaneidad, hemos dejado de ser un país contemporáneo, hemos perdido protagonismo problemático, no tenemos problemas interesantes, no podemos aportar a la comunidad mundial problemas interesantes.

¿Qué nos aporta el psicoanálisis a la comprensión del presente argentino? Una categoría fundamental que es la del goce. Goce: tal vez muchos de ustedes estén familiarizados con este concepto: deleitarse en el goce significa extraer el placer de la propia identidad del desenfreno y de la satisfacción sin límites de la autosuficiencia. El psicoanálisis nos aporta una categoría que, unida a los enfoques de las ciencias sociales --de la politología, claro está-- debe ser incorporada por nosotros para comprender cabalmente quiénes son los grandes protagonistas extremos de la realidad en que vivimos.
Sin categorías psicopatológicas unidas a la políticas y unidas, sin duda, a las históricas y sociales no vamos a terminar de comprender por qué pasan las cosas que pasan. No estoy proponiendo un reduccionismo; al contrario, sino un pluralismo de miradas que permitan entender el presente desde perspectivas complementarias. La historia está plagada de excesos que sólo se explican psicopatológicamente y los griegos fueron maestros en el arte de advertir sobre la desmesura. Quiero decir también que los grandes problemas contemporáneos que nos convocan y --quizá todavía sin que sepamos responder a esa convocatoria-- remiten una vez más a la importancia del conocimiento de la historia.

Saber historia no es saber lo que pasó. Nadie sabe lo que pasó. Sobre lo que pasó hay lecturas. Cada lectura estructura el pasado que le resulte indispensable y esto no implica relativismo sino implica que fatalmente el que entiende algo de lo real lo lee desde una perspectiva propia. No puede hacerlo desde otra parte; nadie conoce con prescindencia de su propia subjetividad. Podemos atenuar la subjetividad de nuestra lectura; moderarla con un conocimiento equitativo de los hechos, pero somos sujetos que conocen, no somos lo real conocido. Cuando un individuo cree conocer sin interpretar se homologa a lo que conoce, es decir él es lo real. Lo peligroso de las perspectivas dogmáticas es que creen no ser lecturas de la realidad sino lo real mismo. Como ironizaba maravillosamente sobre esto John Locke: “Si la realidad no coincide con mis palabras peor para la realidad”. Bueno, pues, estamos en una Argentina donde la que está pagando el pato es la realidad, porque se supone que quien lee lo indispensable no lo interpreta sino que lo concibe de manera plena, objetiva, absoluta.

Nada mejor, entonces, que volver a la historia entendida como tarea. Aportamos perspectivas sobre la concepción de lo real, aportamos concepciones a lo real, en suma, aportamos, en suma, lectura a lo real, y democráticamente ponemos sobre la mesa esa lectura para que sea debatida y cotejada con otras en una labor infinita talmúdica, diría yo, que no puede terminar, no puede cesar de ser interpretativa. ¿Qué nos han aportado los grandes maestros de la historia a quienes ya mencioné y a tantos otros? Nos han aportado fundamentalmente una buena nueva: es posible entender. Si uno se arriesga a interpretar puede entender y si uno puede entender, no tiene el monopolio de lo que ha estudiado sino una perspectiva que aportar al debate público sobre ese patrimonio colectivo que es el pasado. Esta es la buena nueva; es la misma buena nueva que nos aporta Elarde. ¿Qué nos dicen los pintores, por ejemplo, que pintan una mesa? Vamos a decir, la misma mesa. Que la labor interpretativa no cesa, que se puede ver esa mesa de mil maneras. Lo importante es enaltecerla con una lectura estéticamente significativa porque la grandeza de la mesa está justamente en interrogar a la subjetividad para que esa subjetividad se manifieste y cada uno de nosotros aflore mediante la expresión de lo que ha entendido.

¿Necesitamos una historia objetiva? Si, pero en este sentido, en el sentido en que la lectura de los hechos le haga lugar a otra interpretación, la aliente, la favorezca, la promueva, que no aspire a cerrar la discusión sino a abrirla y esto lo ha hecho Mitre magníficamente, porque se ha postulado en el modo de componer a la historia como un intérprete. Jamás negó ser un intérprete. Entonces no se trata de ingresar a una discusión que consiste en saber quién tuvo razón. Se trata de saber qué criterios avalan la razón relativa que se tiene en la concepción de los hechos; dónde están los fundamentos que justifican una lectura; cuáles son.  Pero esto no se puede llevar a cabo en una sociedad que no afiance su vida democrática. Si no tenemos vida parlamentaria no tenemos calidad de debate.
La escasa calidad del debate contemporáneo en este parlamento agonizante que tenemos proviene directamente de que el hábito de pensar está en repliegue. Yo siempre he creído que pensar es una actividad infrecuente, pero de todas maneras el grado de infrecuencia que tiene nuestra sociedad es muy serio, porque no estamos acostumbrados al intercambio de ideas sino de consignas; no estamos habituados a escuchar, sino a imponer nuestra palabra monocorde sobre la del adversario. En suma, no tenemos adversario, tenemos enemigos. Este empobrecimiento histórico de la Argentina, esta escasa calidad problemática que tiene el país, puede ser revertida y debe ser revertida; pero para poder hacerlo lo primero --creo yo-- que debemos hacer es venir del futuro hacia el presente y no del pasado hacia el presente.

¿Qué es el futuro? El futuro está contenido en un repertorio de problemas que no han sido abordados todavía. ¿Qué es lo que la Argentina necesita para transitar realmente del siglo XIX al XXI, es decir, para que capitalicemos nuestras deudas con el pasado? Y digo del siglo diecinueve al veintiuno porque creo que el veinte perdió el tiempo. Hay personas que pierden el tiempo. La Argentina perdió el tiempo. Detengámonos en el concepto “perdió el tiempo”. ¿Qué es el tiempo? El tiempo no es lo que pasa; el tiempo es lo que nos pasa. No hemos sabido pensar nuestra experiencia. La cultura, en su dimensión más significativa, no es lo que hacemos, es la comprensión que tenemos de lo que hacemos; la capacidad que tenemos de reflexionar sobre nuestra experiencia. Pues bien, esta labor de volvernos sobre lo hecho para ponderarlo, para elaborarlo, para enriquecerlo, ha sido sepultada por la demagogia, por el oportunismo, por la lucha intersectorial en función de un poder disociado de la construcción plena de las instituciones de la República: hemos perdido el tiempo. Lo podemos recuperar. Siempre es posible recuperar el tiempo pero para eso hay que capitalizar el fracaso.
La capitalización del fracaso es la comprensión crítica y autocrítica que se tiene de la pérdida de tiempo. Cuando una nación puede meditar sus extravíos ha empezado a capitalizar su pasado. ¿Y cuándo puede una nación capitalizar sus extravíos? Cuando recuerda el horizonte, el repertorio de expectativas, el porvenir al que se quiere dirigir.

Venir del futuro hacia el presente significa venir de nuestros sueños hacia la realidad. No nos levantamos de la cama porque la vida tenga sentido; nos levantamos de la cama para que lo tenga, es decir que porque estamos alentados por una vocación constructiva que desafía a la adversidad. El porvenir no es otra cosa que el repertorio de expectativas y valores que le dan sentido a nuestra vida cuando ellos incursionan en nuestra actualidad. ¿Cuáles son esos valores? ¿Cuáles son esos principios? Yo creo que la perseverancia y la voluntad de construcción no pueden operar si no comprendemos cómo relacionarnos con la adversidad. Uno de los rasgos que más debilitan a la construcción de la democracia argentina que necesitamos es la impaciencia, la ansiedad, querer que mañana todo esté bien, que salgamos de esto de una buena vez. Personalmente no me interesa mucho. La inmediatez me despierta sospechas: la asocio con la compulsión. Me interesan más las construcciones sólidas y lentas. Me interesa la persistencia en la construcción mucho más que la magia fascinante de la inmediatez.
 Para poder amar la espera activa, es decir, la construcción lenta, progresiva y perseverante, lo fundamental es poder identificar nuestra tarea. Tal vez nosotros no veamos la democracia en la que quisiéramos vivir, pero si no empezamos a construirla nosotros no la tendrán los que la vean o los que la quisieran ver. ¿Cuál es esa democracia? Yo creo que hay un problema contemporáneo que en la Argentina está desoído junto con el problema institucional del que hablaba antes: es que el enorme desafío que plantea el siglo XXI es entender que el hombre está convocado a ser un ciudadano planetario, llámese ciudadano de la aldea, llámese ciudadano de la villa, ya no es ni siquiera el ciudadano del pueblo, ya no es siquiera el ciudadano de la nación; es el ciudadano planetario. Pero, entonces, ¿acaso la nación no importa? No. Vengamos desde el ideal planetario hacia el ideal nacional. Esto es, venir del futuro hacia el presente.

¿Qué es el ideal planetario? Hemos descubierto con horror en el siglo veinte que nuestra casa, la Tierra, está en peligro. Hemos prostituido a nuestro planeta a través del abuso. Hemos envilecido el aire, hemos convertido a las ciudades en conglomerados inhabitables; hemos contaminado a los mares, estiguido a las especies. ¿A esto llamamos progreso? Al lado de esto sin duda hemos progresado en muchísimas cosas pero si el progreso se paga con la extinción de nuestra casa, entonces estamos delante de una política de autodestrucción. Reconsiderar el significado de la ciudadanía planetaria es plantear el dilema fundamental, a mi juicio, de saber si el hombre puede convivir o no con la tierra y desde ese ideal de convivencia planetaria acercarnos al ideal de convivencia nacional e internacional. Primero está la casa, la Tierra. ¿Qué contribución puede hacer nuestro país a este proyecto de ciudadanía planetaria? Creo que una contribución fundamental sería redefinir el sentido de la explotación de la tierra a través de una tecnología solidaria en la que el progreso esté aliado al cuidado de la tierra. Y cuando hablo del cuidado de la tierra hablo en general al cuidado de las relaciones no sólo con el medio ambiente, sino con sus semejantes. Este tipo de problema está ausente en el debate público, está ausente porque pensar es infrecuente; está ausente porque no comprendemos los desafíos del porvenir, subyugado --como vivimos-- por la lucha por un poder disociado de la política. Eso es lo que hoy pasa en la Argentina. El poder está disociado de la política; la política es esfuerzo convivencial. Fuera de eso la palabra política no quiere decir nada. El esfuerzo convivencial no es una práctica en nuestro país, al contrario, subyugar al prójimo es lo que se llama política y no lo es. Por eso es tan importante capitalizar --como decía yo recién-- los fracasos.
Un hombre no es maduro porque no le ha sucedido nada. Un hombre es maduro porque ha hecho algo con lo que le sucedió. El que no tiene cicatrices no ha nacido, pero para tener cicatrices las heridas deben madurar y cerrarse y para que las heridas se cierren hace falta hacer una reflexión, es decir, un diálogo entre aquellos que han padecido la mutua incomprensión. No es éste el proyecto del gobierno que tenemos, pero entonces ¿es el proyecto de la oposición? No lo sabemos. Debería serlo. ¿De qué depende el que lo llegue a ser? De muchas variables: una de ellas es que entienda lo que pasó, es decir el pasado.

Mirar para adelante olvidando lo que pasó, es decir, los desgarramientos, fragmentaciones, maniqueísmos e incomprensiones que signan la práctica de la historia argentina es no capitalizar la enseñanza primordial que nos brinda el pasado.

Pero para esto hace falta educación. La capitalización de los fracasos se cumple a través de la educación. ¿Y qué es ser educado? ¿Saber mucho? No, la verdad que eso es ser un erudito. El que sabe mucho de algo es un erudito; es una persona bien formada: sabe mucho de música, de literatura, de historia; pero eso no es ser una persona educada. Una persona educada es una persona que tiene el sentido de la interdependencia entre su saber y del saber de los demás; entre su experiencia y la experiencia de los demás.

En la Argentina no hay --lo he dicho muchas veces--, en la Argentina no hay universidades; hay facultades. La facultades facultan. Uno sale de ellas con una especialidad y cada uno está en lo suyo; y ¿quién se ocupa del conjunto? Y... del conjunto se ocupan los que dicen “síganme”. ¿Vamos a poner la responsabilidad de la interdependencia en las manos de un liderazgo que no proviene de esta necesidad de conjunción sino de la instrumentación de este anhelo de conjunción? ¿Quien tendrá la responsabilidad de forjar un gobierno representativo? Los que entiendan desde la educación en qué consiste la interdependencia entre los hombres, cuáles son los problemas comunes en concepto de bien común: la universidad que está ausente en la Argentina, los universitarios que no tenemos son aquellos que, egresando de su facultad, tienen una noción clara de la interdependencia entre su saber y el de otros, entre su práctica concreta y la práctica de otros; entre el espacio que ocupa y el espacio que ocupan los demás; entre la lengua que él habla y entre la lengua que hablan los demás. Eso es ser un universitario. Un hombre con sentido de lo orquestal. No tenemos sentido de lo orquestal, tenemos pasión por el fragmento. Nos encanta estar en lo nuestro, cada uno en lo suyo: alguien se ocupará del conjunto. No hay tiempo para todo. Así estamos: deleitándonos en el segmento que nos tocó; ajenos a la responsabilidad de generar interdependencia y postulándonos --esto lo advertimos en nuestra diligencia, opositor inclusive-- como líderes posibles antes que como sujetos de interdependencia.

Sin embargo, nada es irreversible. Nada es irreversible, pero las cosas no cambian porque sí y no cambian en la dirección de vida si no se tiene una visión integradora, orquestal, planetaria, de lo indispensable. Necesitamos un nuevo concepto de la Tierra, un nuevo concepto de la Nación, un nuevo concepto de la internacionalidad, un nuevo concepto de la interdependencia con otras culturas, con otros pueblos. Necesitamos un concepto republicano afianzado en nuestra experiencia educativa; necesitamos universidades... Esta es la tarea, a mi modo de ver, y no es necesario que la realicemos nosotros; es necesario que no dejemos de intentar realizarla, es decir, que perseveremos en el esfuerzo de la construcción.

El aliento necesario para llevar esto a cabo proviene de la ética y la ética también proviene --aunque no exclusivamente-- de las enseñanzas de la historia.
Siempre recuerdo un hecho que me parece que si no es aleccionador despilfarramos nuestro pasado. Es el ejemplo sanmartiniano, de ese hombre que cuando consultó a las autoridades de Buenos Aires pidiendo elementos para poder llevar a cabo el cruce de los Andes, desde el gobierno de Buenos Aires se le dijo: “Mi amigo, lo que usted quiere hacer es imposible. Cruzar los Andes con un ejército, con las armas que usted quiere, con los uniformes que usted pide, para hacer lo que usted quiere. Esta idea que si no nos extendemos más allá de la cordillera para asegurarnos esta libertad vamos a comprometer esa consistencia de la libertad, lo que usted quiere es imposible”.
San Martín contestó en una carta memorable publicada hace muchos años por el diario La Nación en esa colección preciosa de libritos donde está reunida la correspondencia de San Martín. San Martín, reitero, le contestó a las autoridades de Buenos Aires: “Señores, ustedes tienen razón. Lo que yo quiero hacer es imposible, pero es indispensable”.

¿Qué hacemos con eso? ¿Qué hacemos con esa distinción que establece San Martín? ¿Decimos “qué ingenio”, decimos “qué admirable” o decimos ”de eso se trata”? Se trata de lo indispensable y cuando de lo indispensable se trata la adversidad es parte de la construcción del presente y del porvenir. Pero para poder encarar lo indispensable, soportando las imposiciones de la adversidad, hay que tener un ideal, una vocación, reconstruyendo la vocación cívica del país probablemente nosotros tengamos la posibilidad de ser dignos de San Martín. De lo contrario quedará congelado en una efemérides, riesgo que corren todos nuestros próceres: ser un feriado. Salvemos al pasado de ese riesgo. Pero para eso el único camino no es evocarlo, es encarnarlo en los términos en que nos sea posible como tarea y como pasión.

Buenos Aires, 26 de junio de 2008.



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