Mitre lector

El día en que el alma del general Mitre se separó del cuerpo para dirigirse al mundo de la eternidad, dejó trazada en pos de sí una extensa guía de luz que no se llegará a borrar, porque si hay algo indeleble sobre la tierra es el recuerdo de los grandes hombres cuando se graba en la memoria y en el corazón de las generaciones.

La personalidad histórica del general Mitre fue muy observada y descripta: se habló de Mitre ciudadano, estadista, militar, historiador, poeta, filólogo, bibliógrafo, etc., fases que sólo determinan pequeños rasgos biográficos, por cuanto la vida de Mitre es la historia de una época, cuyas empresas políticas, militares e intelectuales se hallan encarnadas en su nombre. Las historias de Belgrano y San Martín, legadas por él a la posteridad, unidas a la historia futuro de Mitre, serán eternamente tres fuentes fecundas de gloria y lecciones del más puro civismo en la vida nacional.

Uno de los razgos del general Mitre, que aquí me propongo trazar, es quizá el más ha contribuido a la erección de su pedestal: me refiero a “Mitre lector”, porque fue en las meditaciones sobre los libros donde nutrió aquel cerebro respetado por la bala en su carrera de destrucción, para convertirse en cambio en artífice de una estrella que tenía sobre la frente.

Siendo jovencito de catorce años hallábase Mitre trabajando en la estancia de don Gervasio Rosas; éste, viendo la aficción que su empleado tenía por la lectura, solía decir de él con frecuencia: “Pero, este muchacho, donde quiera que encuentra una sombrita se pone a leer”. Frase hermosa y patética, merecedora de ser puesta a modo de inscripción en las puertas de los establecimientos de enseñanza, como ejemplo digno de ser imitado por todos los alumnos argentinos.
En los comienzos de la tercera década de su fecunda vida, sin sospecharlo tal vez, demostró tener en ciertas cosas condiciones análogas de carácter que distinguieron a Horacio y a Napoleón, y en esto coincidieron también otros grandes pensadores de la humanidad. El gran poeta latino, en una de sus odas dedicadas a Mecenas, se lisonjeaba de que sus versos deben inmortalizarlo. Pues bien, el general Mitre en sus años juveniles, había dicho: “Yo me siento con grandes aspiraciones y tengo la pretensión de creer que existe en mí el germen de alguna cosa ¡Dios quiera que no me engañe; pero, si esto sucede, cómo ha de ser!”.

Desiré Lacroix, historiador de Napoleón, refiere que éste escribió mucho en su juventud adoptando un método a cuyo imperio sometió su voluntad durante siete años, que anotaba día por día y a veces por hora, todos sus actos y aun sus pensamientos.

Todo lo que le llamaba la atención en la calle al llegar a su casa apuntaba en un cuaderno lo que habían visto sus ojos, su entendimiento o su corazón. El juicio sobre un libro o lo que le inspirara su lectura lo consignaba al margen o en los cuadernos de sus apuntes.

Esta costumbre de Napoleón tiene semejante con la de Mitre; así lo atestiguan los libros de su biblioteca americana. Se encuentran allí centenares de volúmenes anotados con su letra, dando un juicio en favor o en contra del autor o de su obra, o bien una fecha notable registrada en la misma página de una anotación. Para no dejar escapar a veces un pensamiento fugaz lo apuntaba en seguida con lo primero que encontraba al alcance de su mano. En los márgenes o páginas en blanco de la obra hay anotaciones con tinta negra, tinta de color, lápiz de sombrear, de colores azul o rojo. No dejaba nada que pudiese contribuir a la historia descriptiva del libro, aun cuando el dato fuese de relativa importancia, como ser el lugar donde fué adquirido, la fecha y su costo.

La sección más estudiada por Mitre es la de “Lenguas americanas”, enriquecida con numerosas obras de las más raras e importantes. Esa sección por sí sola representa un incalculable valor científico y material. Si alguna de estas obras no registraba en su carátula un detalle indispensable para completar el estudio lingüístico bibliográfico, poníase a investigar catálogos y otras publicaciones hasta encontrarlo. Por ejemplo, en la colección hay una obra cuyo autor se oculta con dos letras que ni siquiera son las iniciales de su nombre, y es la siguiente: Etudes philologiques sur quelques langues sauvages de l'Amérique, par N. O., ancien missionnaire. Montreal, 1866. En una de las primeras páginas en blanco hay la siguiente anotación del general Mitre: “El autor, cuyo nombre revela Field en su catálogo, es el Rdo. A. Quoq; era misionero de San Sulpicio en el Canadá, donde, según él mismo, residió veinte años entre los iroqueses y algonquines. Se hizo conocer por algunos artículos que publicó en una revista de Montreal”, etcétera.

El singular carácter de Mitre le permitía no hacer caso de todo aquello que dimanaba de la debilidad o de la pasión humana; pero no admitía un libro erróneo o mal escrito, sobre todo si trataba de asuntos históricos. Lo consideraba entre los libros de su biblioteca, lo mismo que el floricultor considera la cizaña crecida entre sus flores.
En el año 1843, a los veintidós de su edad, entre las fortificaciones de Montevideo, siendo sargento mayor y segundo jefe de un batallón, fue donde concibió la idea de establecer un plan para su educación de erudito y cumplió estrictamente el pacto que se había hecho consigo mismo, pues, consideraba que la perfección intelectual y moral era la aspiración más noble del ser humano. Por eso más tarde pudo decir con razón que todo se lo debía a sí mismo.

Con ese amor al estudio y fortaleza para el trabajo que conservó hasta sus últimos días, ayudado además por una imaginación que se excitaba con facilidad, dio comienzo a leer los autores célebres con preferencia franceses. Durante su vida de campaña, de noche leía algún libro y por la mañana poníase a escribir, porque a esa hora se tienen más frescas las ideas de la noche. Muchas veces sus tareas de cuartel le impedían leer y escribir con la tranquilidad debida pero eso le daba lugar para meditar sobre las ideas que había recogido, tarea necesaria esta última, porque la lectura asidua hace perder al hombre pensador mucho de su originalidad.

El resultado de los actos en la vida depende muchas veces de la selección de los libros que se hace en la juventud, porque las primeras impresiones son las que prevalecen siempre en el espíritu y preparan al hombre para el porvenir. Mitre iba a inspirarse en la Historia moderna, de Michelet. La historia de Cromwell, por Villemain, lo sorprendió por la verdad y con ella coincidió en el modo que había adoptado para hacer sus primeros trabajos históricos; es decir, dejando hablar siempre a los documentos. Leyó la Historia de Carlos V, por Robertson, y analizó también todas las obras que trataban sobre las costumbres y el espíritu de las naciones. A Voltaire lo leyó hasta dos veces. Trató de concer a los tribunos parlamentarios y populares de Francia y acudió al Libro de los oradores de Cormenin, no encontrando en él la profundidad que hubiera deseado de un hombre tan eminente; pero lo encontró un libro rico de principios que derramaba a manos llenas, en medio de un torrente de bellísimas imágenes propias para impresionar el espíritu del pueblo de esos oradores de las revoluciones que se llamaron Mirabeau, Dantón, Garnier, Lafitte, Lamartine, Guizot, Thiers, etc.

Venecia, a causa de sus recuerdos, su situación, su origen, era una ciudad que le había despertado interés y leyó su historia por Darin, en la que encontró cuadros históricos de primer orden como la guerra de Chiarra, la conspiración de Tiepolo, el sitio de Candia y las campañas de Morosini.

Excitado por la curiosidad y tomándolo como estudio poético leyó Las memorias del Diablo, de cuyo título se desprende que es una obra endemoniada, que tenía por objeto destruir todo el encanto de la vida; donde pasaba la mano de Satanás para deshojar una esperanza, ridiculizar un sentimiento generoso, ahogar una virtud. Consideraba eso como una horrible tendencia, digno fruto de una sociedad vieja y corrompida. Exhortaba a los americanos a guardarse del hábito envenenado de esa doctrina y tener una fe ardiente en los destinos de América.

El “tour de force” de Mitre o sea su resistencia física en materia de la lectura, es una voluminoso libro en cuarto mayor, escrito en lenguaje anticuado e impreso en caracteres poco legibles; me refiero al libro de Bernal Díaz del Castillo, que trata sobre la conquista de Méjico o Nueva España, por Hernán Cortés; lo leyó íntegro e hizo de él un prolijo estudio bibliográfico, que se publicó primero en la Nueva Revista de Buenos Aires y más tarde en un folleto, en el año 1882.
La Divina Comedia, del Dante, obra nutrida con la savia de la historia de Italia, por la armonía de la lengua y la condición genial del autor, es difícil o acaso imposible de interpretar, pero la traducción de Mitre, juzgándola solamente como labor intelectual, realizada durante el largo período de cuarenta años a través de la exploración de la mente del divino poeta, es digna de considerarse, pues los más grandes talentos poéticos del siglo, debido a la esencialidad del original, no hubiesen tenido mejor éxito en la magna empresa de la traducción.

En medio de sus estudios Mitre no descuidaba la ciencia, seguía cumpliendo el programa que él mismo se había impuesto, sin tener que ir a rendir cuenta en el aula de ninguna Universidad. Emprendió el estudio de la geología a la que consideraba estrechamente ligada con la química, en contribuir inmensamente a desarrollar las potencias intelectuales y ser la más aplicable al desarrollo industrial de América.

Cuando juzgó haber reunido bastantes conocimientos sobre la historia y otras cosas de la Europa, empezó a hacer sus apuntes de preferencia para cuyo objeto unió a su talento un alma de patriota. Se entregó con todo el ardor y el entusiasmo del amor más puro a recoger datos sobre su patria y especialmente de su inmortal revolución. Cada documento que abría era un nuevo velo que se descubría a sus ojos. Antes de escribir ponía especial atención en fijar bien sus ideas y no hacía una sola frase sin templarse primero en la meditación.

Por eso, su obra intelectual es un monumento de proporciones grandiosas, pedestal de una imagen que representa a la historia cuya mano derecha sostiene una tabla con la siguiente inscripción: “¡Leed y meditad!”


Tomado de:
Livacich, Serafín. “Mitre lector”. En sus: Notas históricas. Buenos Aires: [ s.n.], 1916, p. 502-509.

 

 

 

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